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El milagro de Chernobyl

  • 27 jun 2016
  • 4 Min. de lectura

Tras treinta años de permanecer intocada, la ciudad de Prypiat

se ha convertido en un paraíso salvaje.

Tres mil años habían vaticinado los científicos. Eso era lo menos que tardarían en recuperarse los alrededores de Chernobyl después de la explosión radioactiva de 1986. O sea, recién en el 4986 podría volver a pensarse en renovar la vida allí.

Por eso, las imágenes que recientemente devolvieron los drones teledirigidos desde Ucrania a la zona de exclusión (la única manera de asomarse a ella), tiene a la comunidad científica boquiabierta: Contra todo pronóstico, lejos de haber allí signos de muerte, la zona se ha convertido en un paraíso silvestre A no ser por el sarcófago de acero que como cerro tutelar domina el paisaje de Chernobyl, todo lo demás parece una postal de navidad.

Un denso y hermoso bosque va cubriendo ya las calles, los balcones, los techos de los edificios. Las raíces quiebran el pavimento, las ramas penetran dentro de las casas, el hueco entre un edifico y otro se ha cubierto de un frondoso bosque de pinos.

Pero no solo el bosque originario ha resurgido, sino también toda esa fauna que antaño cubría la estepa siberiana, sí, la misma que inspiró los cuentos infantiles. Alces, lobos, linces, jabalíes, gacelas, deambulan libres por las calles de Prypiat y han hecho sus madrigueras en los huecos de los antiguos edificios. Los mismos en donde vivían con sus familias hasta antes de la explosión los trabajadores de la Central Nuclear de Chernobyl.

Solo hubo 36 horas para evacuar a sus 50 000 habitantes. Los libros quedaron en las escuelas, los juguetes en los jardines. La población se llevó nada o casi nada de sus hogares. En esos treinta kilómetros a la redonda desde el reactor 4, que fueron cercados, fue erradicada la presencia humana. Casas, parques, juegos, plazas, pueblos y ciudades enteras –todos con marcas visibles de la explosión-, quedaron abandonados bajo la nube de radioactividad, en un territorio intocado de 4200 hectáreas.

Pero pasaron los años –treinta para ser exactos- y el nuevo siglo pilló a los curiosos con tecnologías ad hoc para poder monitorear ese supuestamente triste pedazo del planeta de manera remota. Y la sorpresa ha sido máxima: en efecto, hoy los alrededores de Chernobyl más parecen una reserva natural que el sitio más contaminado del planeta.

Lo màs sorprendente de todo: el avistamiento de ejemplares salvajes del conocido oso pardo, antiguo habitante de la región, y que hoy solo vive en reservas bajo condiciones especiales. Serían solo dos los individuos registrados hasta ahora por las cámaras remotas, y moredearían por los alrededores del reactor 4, cuyas instalaciones alejadas de todo evento humano les resultarían ideales para hibernar. De dónde salieron? Cómo llegaron hasta allí Es lo que se preguntan atónitos los científicos y lo que están actualmente investigando, entre muchas otras cosas. Por cierto. Un ejèrcito de misiones científicas, provistos con tecnología millenial se ha desplegado en los alrededores de la zona, para hacer todo tipo de mediciones.

Los resultados son insólitos., En lo que a población de lobos se refiere, por ejemplo, esta presenta en la zona de exclusión una densidad de población mayor a la que presentan las reservas incontaminadas más cercanas , en Bielorrusia y Ucrania.

Las hipótesis que se manejan para explicar esta explosión de vida en plena zona radioactiva son varias, pero todas ellas se topan con el mismo problema: Los investigadores no pueden discernir dónde terminan los perjuicios de la radiación y dónde comienzan los beneficios para la vida silvestre de la no presencia del ser humano en este hábitat.

“Lo qeu està sucediendo no significa que la radiación sea buena para la vida silvestre, sino solo que la actividad humana, la cacería, las industrias, son mucho peores”, dijo Jim Smith, uno de los autores del último estudio de vida silvestre en Chernobyl.

De hecho, la ausencia de actividad humana en la zona seria también la responsable del cambio de clima que se aprecia , en donde hoy se registrarían más nevadas que cuando la ciudad estaba habitada por seres humanos.

Los científicos especulan que habría habido un primer período de diez años aprox, de alto impacto, donde se habría visto afectada toda la flora y fauna del lugar. Luego de eso, paulatinamente, las nuevas generaciones de individuos se habrían vuelto más resistentes a la radioactividad

Esta es una de las principales conclusiones de los estudios realizados hasta ahora, cual es que -librados a su propia suerte, sin la intervención del hombre-, los mamíferos superiores son capaces de recuperarse al stress crónico que produce la radiación en las especies.

En otras palabras, todo parece indicar que la presencia del ser humano y la presión que este ejerce sobre la naturaleza, tiene al largo plazo un poder destructor superior a la contaminación por radioactividad

Lo que sí queda claro, es que de todas maneras se comprobaria una suerte de resiliencia en la naturaleza, una capacidad para sobreponerse a los peores desastres, lo que en el caso de Chernobyl –y toda su carga de tragedia- resulta sencillamente milagroso.


 
 
 

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