Sobre el "copy-paste"
- 9 sept 2017
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Me alegro que todo esto esté pasando. Que al fin, algún día, todos esos rigores, ese quemarse los ojos por poner bien una comilla, que si ídem, ibídem o videm; que si es una cita textual, una paráfrasis o una mera alusión; que si ponemos el punto adentro o fuera de las comillas (todo depende); que si la referencia va a pie de página o al final (lo importante es que vaya); que si se justifica o no indicar con puntos suspensivos que hay una omisión dentro de la cita… Si, toda esa nomenclatura engorrosa y pajera, cobra por estos días un sentido inusitado y se convierte, de manera indirecta, en trend topic de la llamada ·”Opinión pública” Aunque sea de una manera perversa, por ausencia, por transgresión, pues el problema sale justamente a la luz debido a la falta de rigor de quienes redactan y cobran por los informes que le hacen a los honorables y que, como sabemos, son pagados por todos los chilenos.
Porque claro, saber indicarle de manera correcta al lector dónde empieza y termina exactamente una cita, qué es contenido original y qué no en un escrito es –digámoslo- una pega pajera, lenta y dedicada, que pasa la mayoría de las veces por ir a la fuente original y cotejar palabra a palabra. Y claro, te toma mucho, muchísimo más tiempo que copiar y pegar así nomás.
Ya nos gustaría a cualquiera de nosotros, los que trabajamos en eso, que nos pagaran $ 1 millón por solo hacer copy paste sin más trámite y olvidarnos del infierno de las citas, las comillas y las referencias. Mas no, la cosa no funciona así: los clientes serios (investigadores, académicos, doctorandos) te pagan mucho menos solo por el trabajo de enmendarles la plana y cotejar que cada una de las citas –textuales o no textuales- esté correctamente referenciada.
Y es que el copy paste no tiene absolutamente nada de malo; no es en modo alguno un delito intelectual. Por el contrario, en la era de la información, en que toda la info se comparte y reproduce hasta el infinito, no tiene sentido reescribir lo ya escrito (y descrito sobretodo); Hacerlo sería algo así como inventar la pólvora o la rueda. No, definitivamente no tiene sentido redactar de manera original algo que ya puede estar magníficamente bien explicado por otros. La cuestión, por supuesto, es hacerlo explícito. Ello marca la diferencia entre un plagio y una investigación, entre un trabajo bien documentado y uno chanta. Si solo los hacedores de esos más de 3200 informes al parlamento se hubieran tomado la molestia de poner bien las comillas, ese solo hecho habría bastado para redimirlos y los honorables no tendrían ahora que estar dando explicaciones ni poniéndose colorados.
Que quede claro: el problema actual, para cualquier persona que necesite saber de algo, no es la falta de información, sino la abundancia de ella. Es esa inundación de sitios y más sitios, de links y más links, inespecíficos, desconocidos, anónimos, lo que angustia al investigador cuando busca sobre un tema determinado Ese no poder discriminar entre qué es serio y qué no, qué sirve y qué no sirve, qué es atingente y qué no, qué links abrir y cuáles descartar. Es esa marea, esa convicción profunda e instantánea de que no hay tiempo ni paciencia para leerlo todo, lo que hace a muchos honorables el preferir pagar porque les den lista y ordenada la información que se encuentra disponible públicamente para todos los ciudadanos.
Es en este punto cuando cobra pleno sentido la figura del “Knowledge management”, esto es, saber administrar, ordenar y discriminar toda la información que hay disponible sobre un tema, aun cuando no haya nada original en ella. Un oficio no menor, que requiere de un alto desempeño intelectual, y por el cual sí es justo y necesario pagar.
Porque dejémonos de cosas: nada más rico para un parlamentario a que un goma te pase toda la info (la misma que ellos mismos podrían encontrar por sí solos), pero ya ordenada, impresa, y leer así lo relevante de manera cómoda y en un par de minutos. Por este ordenamiento de información es por lo que pagó en definitiva Guillier y otros tantos. En Estados Unidos es un oficio reconocido y caro, con prestigiosas empresas dedicadas al rubro. Es más, existen programas computacionales que se dedican a eso, campos para organizar la información, una suerte de gran fichero electrónico.
La producción de contenidos es otra cosa, significa producir un contenido nuevo a raíz de lo que ya hay. Y eso tiene otro precio, pero vamos: todo informe serio que se precie de tal, por más copy paste que tenga, debe producir en alguna parte un nuevo contenido, cuando menos para explicar el orden que se les está dando a la info o la manera de clasificar.
Muchas veces, en mi oficio como editora, me ha tocado ver ensayos truchos, con párrafos enteros copiados de otras fuentes, sin referencia. Y me digo, cómo estos autores se animan, como no saben acaso que existen programas de autenticación que cumplen justamente con esta misión y que en cuestión de segundos arrojan qué porcentaje del texto es original y cuál no. Eso a nivel profesional, porque para cosas menos importantes es aún más fácil: basta con poner un párrafo en google y ya está. Lo mismo con las fotos. Una vez le hice seguimiento a uno de esos estafadores del amor, personas que embaucan sentimentalmente a otras a través de la red, contando cosas grandiosas de sí mismos. Era un belga, supuestamente, que vacacionaba en su mansión de Mónaco, de la cual me enviaba vistosas fotos. Me bastó con hacer una simple búsqueda en el buscador de imágenes de google y ya estaba: se trataba de la casa de un futbolista millonario en Uganda.
A un amigo también lo impresioné: pude decirle en segundos de qué pintor era el cuadro que me mandaba. Así, lo que demuestran estos supuestos informes truchos es no solo la falta de rigor y/o ignorancia de los proveedores en la forma correcta de citar, sino también –y peor aún- una pasmosa ingenuidad.
Por eso, creo, en honor a la justicia, y a la verdad, que en esto de los informes hay mucho paño que cortar y que es necesario analizar cada uno en su mérito. Porque por ejemplo, hacer un rastreo entre la información que maneja el congreso sobre una determinada materia, -pongámosle tenencia responsable de mascotas- puede requerir de semanas de trabajo y un manejo maestro de organización y selección de la información, así como capacidad analítica, para que le sirva realmente a su destinatario.
Otra cosa es cobrar un millón por buscar las actas de las sesiones a las que los honorables no pudieron asistir. Esa, cuando mucho, debiera ser una labor de rutina para la secretaria que tiene asignada cada parlamentario.
Porque – vamos-, si nuestros honorables no tiene tiempo para mirar las actas de las sesiones a las que no pudieron asistir –y deben pagarle a terceros para que les haga copy paste- , ¿para qué tienen tiempo entonces?


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